Mostrando entradas con la etiqueta duelo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta duelo. Mostrar todas las entradas
Cada cierto tiempo hay en redes sociales alguna discusión acalorada sobre la visión que cada uno ofrece del autismo. Aprovecho este momento en que parece que no hay ninguna polémica al respecto para que no se relacione este post con ninguna situación concreta, puesto que no es mi intención.

Está claro que hay tantos tipos de autismo como personas dentro del trastorno, y por tanto es comprensible que haya tantos modos de vivir y ver la situación como circunstancias y personas. Incluso dentro de una misma familia, puede que un progenitor tenga una visión más o menos positiva que el otro.
Por mi parte, siempre procuro dar una visión positiva de mis hijos. ¿Esto conlleva una visión positiva del autismo? Supongo que sí, puesto que forma parte de las características de nuestro día a día. Y no me refiero a esa interpretación errónea que algunos tildan de happyflower: dudo que nadie realmente tenga ese sentimiento porque cualquier padre de un niño con diversidad funcional, sea del tipo que sea, hubiera preferido que su hijo no tuviera que reclamar derechos fundamentales en esta sociedad egoísta y deshumanizada. Me refiero a resaltar los aspectos positivos de nuestros hijos, o incluso al debate sobre las cosas que determinado diagnóstico ha aportado a una familia (que siempre las hay).

Sin embargo, a veces esta visión positiva se interpreta (hablo en general, no me refiero a que se me interprete así a mi) como negar las dificultades a las que se enfrentan las personas con TEA, o como si estas dificultades fueran menores en los casos de las personas que damos esa visión positiva.

Desde luego, en nuestro caso no es así. En nuestra familia lidiamos con dificultades importantes en distintas áreas que obstaculizan el devenir de la vida familiar (y por supuesto, la vida personal de la persona con TEA).
Sé lo que es salir de un lugar público con un hij@ casi a rastras porque tiene una sobrecarga sensorial o emocional que no puede gestionar y no hay manera de calmarlo sin salir del entorno.
Sé lo que es trazar un plan y que se malogre incluso antes de iniciarlo.
Sé lo que es tragarte las lágrimas de impotencia ante situaciones que no puedes controlar.
Sé lo que es renunciar a determinadas actividades hasta estar segura de que es el momento de intentarlo de nuevo.
Sé esas cosas, y muchas más.

Pero mis hijos no necesitan que yo incida en esas situaciones, porque esas son las que todo el mundo ve. Si se presenta una rabieta monumental, todo el mundo lo ve ¡vaya si lo ven, si no pueden dejar de mirar! Si usan un tono de voz o una prosodia inadecuada, si en un entorno concreto les cuesta respetar las normas, si corren en un museo o alzan la voz en un cine o repiten estereotipias en el restaurante, si hacen preguntas inconvenientes a desconocidos o se comportan de manera poco habitual... eso es lo que todo el mundo ve. Y muchos, no ven más allá.

Por eso yo procuro mostrar esa parte que por "normal", válgame la palabreja, nadie ve, esos momentos cotidianos que a nosotros nos pueden resultar hasta extraordinarios: cuando salimos de viaje o de excursión, cuando disfrutamos en un parque de atracciones o en la playa, cuando compartimos una comida fuera de casa o un paseo en barca, cuando mis hijos juegan juntos, se ríen y se abrazan... porque así es como son ellos, más allá de las dificultades que los demás ven.
Y por supuesto, recalco sus habilidades por encima de todo, ¿no lo hacemos (casi) todos los padres?

Yo me siento orgullosa de mis hijos, de cómo son, de sus logros y forma de ser, y no me gusta que quien no sabe nada de nuestras circunstancias nos juzgue exclusivamente por un rato complicado de 20 minutos cuando el día tiene 24 horas repletas de momentos de oro.

Y creo que esto es importante porque si yo en algún momento considero conveniente aclarar que mi hijo tiene autismo, no quiero que lo asocien únicamente a las dificultades, que obviamente están presentes, sino a sus capacidades, a sus posibilidades y a su individualidad.

Mateo y Carolina, jugando en casa.



Es necesario hacer mucho más énfasis en lo que un niño puede hacer, que en lo que no puede hacer.
Temple Grandin


Leí esta semana una entrada del blog de Madre Reciente, Me crecen los enanos, en el que decía los siguiente:
Su autismo le roba la magia de estas fiestas. La mañana de Navidad y de Reyes son uno de esos momentos que desearías con todas tus fuerzas que el autismo ladrón de ilusiones (y de tantas otras cosas) desapareciera.
Lo decía en contraposición a la ilusión de su hija pequeña ante la llegada de Papá Noel y Reyes.
A mi este párrafo me ha hecho reflexionar. Bastante.

Es innegable que hay ocasiones en que se nos antojan especialmente duras las diferencias de nuestros hijos, y una de ellas es la Navidad. Esto sucede porque aunque se predique lo del espíritu navideño per se y las fiestas familiares, actualmente están muy dirigidas hacia los niños, y también al consumismo (cosa que con la crisis, empieza a cambiar). Para los niños, es un período mágico en que montamos el árbol, el belén, y unos seres fantásticos les traen juguetes.
A mi me parece maravillosa esa magia, esa ilusión y el disfrute de la inocencia.

Este año la he vivido intensamente a través de Carolina, que con casi 5 años está "en el momento" para esto. Lo de los juguetes es la clave: a mi hija le da igual si los trae un señor vestido de rojo, tres tipos en camello o una danzarina exótica... a ella lo que le fascina es la parte mágica en que "alguien" por la noche le trae ¡juguetes! (y bueno, la parafernalia de la comida para los camellos, o si parece que se oyen los cascabeles de los renos le gusta, porque alimenta toda la historia que tiene en su cabeza, por supuesto).

Y es verdad que me gustaría que Mateo lo disfrutara igual, y no es así. Pero pensando en ello, me doy cuenta de que es A MI a quien le gustaría que él disfrutara de ello. Él no tiene ese sentimiento de pérdida, y disfruta muchísimo, aunque no sienta esa ilusión de algo que no entiende.

Disfruta de que nos reunamos todos, de que pasemos tiempo juntos y hagamos cosas distintas (como sucede en vacaciones). Si acertamos (cosa que con el tiempo vamos afinando), disfruta mucho con sus regalos, aunque no viva esa emoción anticipada de saber que van a venir los Reyes Magos.

También es verdad que a medida que evolucionan, van comprendiendo mejor las cosas. Este año, por ejemplo, ha sido el primero en que Mateo ha abierto alguno de sus regalos, y se ha puesto a jugar con ellos inmediatamente (cosa que hasta ahora no sucedía).

Creo que parte de esa pena de pensar que no vive la misma ilusión que los demás, está influenciada por todo el entorno, porque todos esperan que él, como niño, lo viva de ese modo. Y él, simplemente, no lo hace así. Pero lo vive y disfruta a su manera.
Yo me quedo con eso.
Con eso, y con los comentarios de algunos papás que cuentan cómo a medida que crecen, sus hijos con autismo SÍ esperan con ilusión la Navidad y la llegada de los Reyes. O que por fin este año han ido a la cabalgata, o le dan dado un beso a su Rey favorito...
Porque eso también sucede. Tal vez más tarde, pero sucede: son nuestros niños los que le van robando poco a poco cosas a su autismo ;-)




En una ocasión (hace ya tiempo), respondiendo un cuestionario relativo a la evaluación de mi hija, me encontré la consabida pregunta :"señale tres aspectos de su hijo/a que le preocupan".
A continuación, pedía "señale tres aspectos positivos de su hijo/a".
La primera la había contestado a vuelapluma, tan patentes eran en ese momento los "aspectos preocupantes", y cuando llegué a la siguiente... ¡me quedé en blanco! ¡Dios mío! ¿cómo es posible que tenga que pararme a pensar en los aspectos positivos que encuentro en mi hija? Y me horroricé.
Me horroricé al pensar que había dejado que los aspectos negativos ensombrecieran los positivos, especialmente ¡a mi, que soy su madre! ¿Pero qué clase de madre estaba siendo? Aún así, en ese momento tuve que hacer el esfuerzo de encontrar esos tres aspectos positivos.

Ese hecho se me quedó grabado, y me prometí a mi misma que nunca, NUNCA, iba a volver a permitir que algo así sucediera de nuevo, y que tras el hecho puntual de una rabieta tremenda o un mal día, siempre estaba esa niña maravillosa, creativa, original y genuina, inteligente y divertida a rabiar, que dibuja fenomenal, se inventa adivinanzas para todo y se aprende una canción con escucharla una sola vez, que encuentra el sentido de cada cosa, y que te perdona al momento, aunque seas tú mucho más explosiva que ella llegado el punto. Ésa es mi hija, y no la que en ocasiones (pocas, afortunadamente) tiene rabietas porque le cuesta gestionar sus emociones y se ve sobrepasada por ellas.
Y yo, de nuevo, aprendí en ese momento que la crianza es una carrera de fondo en la que cuentan los pasos que damos cada día. Unos días son unos pasitos, otros días vamos a grandes saltos, pero siempre avanzamos como familia, y cada vez que me cuestiono a mi misma, crezco un poquito más como madre.

¿Por qué cuento esto? porque sé que hay mamás (y papás) que cuando pasan por el proceso de diagnóstico de su hijo, dejan de ver al niño que su hijo es, y que era igualmente antes de ese momento, y ven a otro distinto y generalmente peor. Es un momento muy duro, porque cuando te das cuenta de que tu hijo sigue siendo el mismo niño que adorabas, te enfadas contigo misma por haber caído en ese "lado oscuro", aunque haya sido por breve tiempo.
Pues eso, en mayor o menor medida, nos pasa a todos, así que espero que este post sirva para hacer ver a los que aún están dentro del túnel que esa luz del fondo no está tan lejos como piensan, y que a veces es verdad que no elegimos bien nuestras "gafas para ver el mundo". Que todos tenemos días en parece que tenemos esas gafas manchadas de barro, y que la solución es tan fácil como limpiarlas bien para ver con claridad.




Por favor, si lees esto, añade un comentario con los tres aspectos positivos de tu hij@.
¡Eh, eh! ¡he dicho sólo "tres"!



Ayer asistimos tres madres, Inma Cardona, Cristina Ruiz y yo, invitadas a una Jornada sobre Trastornos de Espectro Autista organizada por  el Centro de Atención Temprana de la Universidad de Valencia, Cudap. Nos pidieron que participáramos en la mesa redonda final, para dar la visión de las familias, creo que a sabiendas de que la nuestra es siempre una visión positiva. Pero creo que gran parte de los asistentes no esperaban esa visión y se quedaron (gratamente) sorprendidos, según pudimos comprobar al finalizar, por los comentarios de las muchas personas que se acercaron a hablar con nosotras.
El contenido de la jornada fue muy interesante y en la web del Cudap podéis encontrar cumplida información sobre todo lo que expusieron, pero lo que yo quiero resaltar hoy aquí, es lo que creo que llegó al corazón de los asistentes respecto a nuestra intervención en particular, y fue ver en directo esa labor que ejercemos los padres un poco "veteranos" de ayuda, apoyo y comprensión hacia aquellos padres "noveles", que recientemente han recibido un diagnóstico sobre un hijo y aún no ven ninguna luz dentro de ese túnel oscuro.
Después de nuestras intervenciones (que reconozco que a veces caen en la vehemencia, porque hay pocas energías tan poderosas como la que genera compartir el orgullo hacia tus hijos), que se centraron en hablar con naturalidad de nosotras como madres y nuestras expectativas, de nuestros hijos y sus realidades, de la trayectoria de nuestras familias, una mamá del público tomó la palabra, muy emocionada, para agradecer que hubiéramos compartido nuestra experiencia, porque ella misma había recibido el diagnóstico de su hijo  hacía un par de meses, y aún no había visto ninguna luz en el camino... hasta ese momento en que vio unas madres sonrientes y orgullosas, habiendo vivido todo lo que ella estaba pasando en ese momento.
Ese momento fue el que dio sentido a lo que nosotras hubiéramos podido aportar.
Creo que esa mamá hoy, aún dentro de ese túnel, tiene otra perspectiva, una mano a la que agarrarse para seguir en el camino, la conciencia vital de no saberse sola. Y nosotras, el corazón un poco más contento de saber que hemos servido de ayuda.

Uno de los objetivos de las asociación a la que las tres pertenecemos, ASPAU, es precisamente ése: dar apoyo y compartir entre familias, "acoger" a aquellos padres que aún se encuentran un tanto perdidos, escucharles, responder a aquello cuyas respuestas conocemos, y seguir buscando las respuestas que desconocemos. porque también hemos pasado por ello y sabemos lo importante que es contar con una tribu a tu alrededor.



Hay temas que flotan en el ambiente. Éste del que voy a hablar ha surgido varias veces  estos días: la semana pasada charlando con Inma Cardona, ayer con Marta Montoro, por la noche en la estupenda entrada del blog de Eva Reduello, y esta mañana en el blog de Reflexiones de una Madre (Triple) Psicóloga (os recomiendo la lectura de ambos).
Esta entrada está relacionada con el duelo y la aceptación, o más bien la no aceptación, y con el nombre de las cosas, y lo escribí hace unos meses en un foro en el que hay mamás que acababan de recibir un diagnóstico sobre el desarrollo de sus hijos, aunque hoy lo incluyo aquí revisado y ampliado.

Desde que detectas que algo no marcha como debiera, empiezas a plantearte preguntas que, obviamente, necesitan respuesta. La principal es si te preocupas con motivo o si, como muchos creen (e incluso te insinúan) eres una exagerada. Si eres una exagerada, ¡qué bien! No había por qué preocuparse tanto (y el mayor perjuicio serán unos meses de algo de angustia, y el tiempo invertido en la visita a algún especialista).
Pero, generalmente, cuando una mamá empieza a expresar este tipo de dudas, es porque su instinto le dice que no se puede esperar eternamente a que se cumplan los buenos deseos de “uy, ya verás cuando empiece la guarde”, “uf, mi primo no habló hasta los 4 años y hoy es ingeniero” (personalmente he oído respuestas de este tipo, y la coletilla del ingeniero me hace especial gracia… juro que he oído coletillas similares en más de una ocasión). Yo siempre aconsejo que si de verdad estás preocupada, consultes a un especialista: no al pediatra, que NO es especialista, y de hecho muchos no tienen ni idea de los trastornos del desarrollo, por increíble que esto parezca, ni tampoco a vecinas, mamás del parque o la guarde o el cole, suegras bienintencionadas…  Lo adecuado es acudir a quien de verdad te puede dar alguna respuesta fiable, es decir, un centro de atención temprana, un centro especializado en psicología del desarrollo, un psicopedagogo especializado… lamento repetirme, pero es importante: especializado

Una vez que inicias este camino, es importante saber dos cosas.
La primera: que estás haciendo lo que tienes que hacer, y además eres parte fundamental en esto, la pieza clave en ayudar a tu hijo si tiene alguna dificultad. Tu hijo sigue siendo el mismo niño maravilloso que era la semana antes de que nadie te diera un diagnóstico, y aunque es un proceso duro como madre, es importante reponerse para estar en forma lo antes posible. El diagnóstico, sea el que sea (hasta el que a otras mamás les parece nimio) siempre conlleva un duelo, y hay que pasar por ello –porque si no lo pasas antes, aparecerá después, y aquí es donde os recomiendo la lectura del blog de Reflexiones de una Madre (Triple) Psicóloga y su entrada sobre los "duelos congelados"-, pero una vez asimilado, hay que reaccionar.
La segunda: no hay UNA respuesta, hay múltiples enfoques y posibilidades, y muchas veces las respuestas están compuestas por nuevas preguntas. Por eso no hay que obsesionarse con las respuestas, ni con los diagnósticos, ni con las etiquetas. Es fundamental saber qué pasa, pero entendiendo siempre que los problemas de desarrollo, por el mero hecho de estar implicados en el desarrollo, son variables. Y más aún cuando se detectan de forma temprana. Un buen profesional nunca hará un diagnóstico cerrado (siempre y cuando no se trate de una patología de otro tipo, y aún así, el desarrollo de cada niño es distinto).

Cuando te dicen que tu hijo tiene un trastorno del desarrollo, o TEA, o rasgos de espectro autista, o retraso madurativo, o TEL, o TDAH (esto, un poco más mayores), nunca es un diagnóstico definitivo. Normalmente, hay muchos rasgos comunes que cuando son pequeños están acentuados por la dificultad de comunicarse: las rabietas, la agresividad, la falta de relación con los demás… A medida que el niño se vaya desarrollando, se irá perfilando mejor el tipo de trastorno.

¿A dónde voy a parar? A que no hay que aferrarse al nombre de las cosas, porque las cosas pueden cambiar. Puede que un diagnóstico de TEA derive en un TEL; pero ojo, esta es una vía de doble dirección, y tampoco hay que aferrarse al “me han dicho que el mío tiene un retraso simple”, y que el desarrollo resulte luego en otra cosa (que no es habitual, pero puede suceder). Lo importante, para mi, no es el nombre de lo que le pasa a mi hijo, sino lo que él logra cada día, las cosas que aprende, lo feliz que es, y de qué modo puedo yo ayudarle. Si lo que le pasa hoy se llama X, y dentro de tres años se llama Z, es lo de menos.
También tengo claro que dentro de 3 años se puede llamar Z, o seguir siendo X, pero que habrá un nombre, que no es algo que vaya a desaparecer. Mi hijo es así, evolucionará, crecerá, aprenderá, pero a su manera. Y da igual que pretendas disfrazarlo, porque si tu hijo tiene algún tipo de dificultad, la tiene, está ahí, y lo que hay que hacer es ayudarle a alcanzar cada meta, y no cegarse en minimizar el problema poniéndole nombres que asusten poco y pensando que el problema se solucionará con el tiempo... Y aquí es donde recomiendo la lectura del blog de Eva Reduello, En mi familia hay autismo y mucho más, y su entrada sobre "Autismos, no autismo".
No hay que tener miedo (ya, ya sé que parece fácil decirlo, pero sé bien de lo que hablo), hay que confiar en nosotras mismas y, sobre todo, en nuestros hijos, que seguro que nos sorprenden mucho, muchísimo más de lo que podamos imaginar.


La intervención que se realiza a niños por debajo de los 6 años (de hecho, entre los 2 y los 3 años, que es cuando más casos se detectan actualmente) es parecida, tanto en casos de TGD, como TEL, TEA, etc. sobre todos porque, sea cual sea el diagnóstico, la intervención se adecua a cada niño. Así que la “etiqueta” es lo de menos: en unos papeles pone TGD, en otros TEA... en mi corazón sólo pone, y siempre va a poner,  M A T E O.